24 mayo 2013

Deportes  11 marzo 2013

Violencia para todos

Queremos informarnos sobre lo que pasa en el fútbol argentino y parece que leyéramos la sección policial de un diario: un hincha de Gimnasia La Plata muerto, un apuñalado en el partido de Boca por la Libertadores, cruce de hinchas de Huracán y Morón en San Juan por la Copa Argentina, un jugador herido de arma blanca en la Primera C, un policía agrede a un futbolista en el partido Cec-Murialdo, los hinchas de San Martín (SJ) suspenden el encuentro ante Racing tirando piedras porque no se bancan perder, autos prendidos fuegos de los barras de Boca.

Queremos informarnos sobre lo que pasa en el fútbol argentino y parece que leyéramos la sección policial de un diario: un hincha de Gimnasia La Plata muerto, un apuñalado en el partido de Boca por la Libertadores, cruce de hinchas de Huracán y Morón en San Juan por la Copa Argentina, un jugador herido de arma blanca en la Primera C, un policía agrede a un futbolista en el partido Cec-Murialdo, los hinchas de San Martín (SJ) suspenden el encuentro ante Racing tirando piedras porque no se bancan perder, autos prendidos fuegos de los barras de Boca.

Paremos. Respiremos un poco.

El fútbol argentino da asco. Y, fecha a fecha, vemos cómo naturalizamos la violencia dentro del deporte más masivo de este país.

Todos nos preguntamos cómo solucionar la violencia en el fútbol. Por ahora, este problema no tiene solución (ni lo tendrá). Y es muy simple: quienes están en el negocio del fútbol no tienen el menor interés en que se solucione.

Los dirigentes (no todos, pero la gran mayoría) apañan a las barras de sus clubes. El único que ha salido públicamente a enfrentarlos es Javier Cantero, presidente de Independiente, quien con su accionar dejó muy en claro cómo se manejan sus pares. No recolectó más que un tibio apoyo ante los micrófonos de los presidentes de los clubes de primera división. Nada más. Todos los dirigentes miraron para el costado. Y mientras tanto negocian con la barra. Los necesitan, aunque siempre lo negarán, obvio.

Desde la AFA, con Julio “Don Corleone” Grondona a la cabeza, miran para otro lado. Ponen cara de preocupación y toman cada tanto medidas que nunca son una solución de fondo. Cambian para que nada cambie. Hoy, seguramente, digan que el Torneo Final se juegue hasta su término sin público visitante, como si esa fuera la solución a la escalada de violencia que vive nuestro deporte. Como si los grandes problemas no se estuvieran dando en el seno de las hinchadas de un mismo club por el control de la barra.

Por otro lado, está la policía. A esa institución le cuesta mucho entender el concepto de prevenir. Eso sí, aman reprimir. Todos los que vamos habitualmente a las canchas hemos visto decenas de veces cómo se manejan. Y mientras más violencia hay, más le conviene a la policía. Es simple: operativos de seguridad con más uniformados es más trabajo y es más dinero. Si no existiera la violencia en el fútbol se acabaría una buena entrada para los hombres de azul y para las empresas de seguridad privada.

Y después tenemos al Estado, el gran socio de la AFA, con el mal llamado Fútbol Para Todos. Desde el Gobierno también miran para otro lado. No pueden cortarle el chorro a los barras, porque después los necesitan para las campañas. Muchos de los barras, sobre todo en el Gran Buenos Aires, funcionan como  una especie de punteros políticos que responden a quien más plata ponga.

Alguna vez, Rafa Di Zeo, ex jefe de la barra de Boca, dijo que lo importante era “tener el teléfono de los que tienen poder”. Esa frase pinta muy bien el nivel de complicidad que existe entre los barras y las instituciones que deberían velar por la paz en el fútbol.

Podrán inventar medidas cortoplacistas desde la AFA hoy, mañana y pasado. A la larga, todo seguirá igual. Como decía el anillo que llevaba Grondona hasta el año pasado, “todo pasa”. Menos él, claro, los negocios y la violencia.

 

 

 

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